martes, 26 de marzo de 2013

Las burbujas y la ley de hierro de la oligarquía*



 Para el eterno profesor Dº Dalmacio Negro.


            La pregunta más común entre los intelectuales, esto es, por qué la gente no empeña más esfuerzo en derribar un sistema político ineficiente, me parece absolutamente banal.

            La mayoría de ellos considera que todo se debe a que el pueblo se ha acomodado, ha perdido energía.
            A mí, por el contrario, me parece evidente que si los ciudadanos no se molestan demasiado en cambiar lo que hay se debe casi en exclusiva a que nadie les asegura que lo nuevo sea mejor, y cuando alguien se atreve, creen que los costes de transición pueden anular los eventuales beneficios de un futuro en teoría deseable. No creo que el asunto dé para más.

            Planteado así el tema lo que resulta interesante es analizar por qué el régimen en vigor sigue siendo mejor valorado que las alternativas que se ofrecen, o cuáles son los elementos que le hacen preferible frente al aparente aventurerismo de los que se oponen.

            Bueno o malo, la eficacia de todo sistema para conservarse es manifiesta: ante el menor indicio de conflicto le basta con recordar que su deber es el de guardar el orden establecido para que el miedo se propague “ipso facto”. Y cuando el pánico reina es inevitable que el balance provisional de pérdidas y ganancias en la mente de cada posible revolucionario quede muy desequilibrado a favor de las primeras como para disuadir al más fanático.

            Pero para justificar la desmovilización tiene que haber algo más que la pura negatividad de unos enormes costes derivados del previsible enfrentamiento que un proceso de cambio puede generar.
            Y lo creo porque la historia está repleta de casos donde el pánico a los efectos de una eventual represión no impidió la revuelta.

            Ese más que juega hoy a favor de la perpetuación del sistema es la reciente competencia asumida por el Estado de garante del bienestar económico de todos y cada uno de sus súbditos siempre y en cualquier ocasión.
            Se legitima gracias a sus presuntas virtudes como proveedor de seguridad económica plena a través de la periódica creación de bombas de relojería, las denominadas “burbujas”.

            Podríamos definirlas como procesos inflacionarios en los precios de una serie concreta de bienes, sin correlación con el valor real de los mismos, lo que provoca la incorporación de nuevos compradores al proceso que, llamados por la expectativa de una revalorización futura de tales bienes, trae como consecuencia que los precios vuelvan a subir.
            La burbuja estalla por la ausencia de nuevos adquirentes que puedan comprar al precio marginal, momento en que los crecimientos de precios dejan de existir.
            Pero mientras no lo hace, el efecto riqueza que la subida constante de los precios genera, aunque sólo ocurra en algunos sectores productivos, confiere al régimen político la legitimidad económica que necesita para reproducirse, para seguir obteniendo el apoyo mayoritario de los votantes.
            Caracterizadas de esa manera son tan antiguas como la economía.

            Lo que hace distintas las burbujas de finales del s. XX y comienzos del XXI es que el Estado caníbal es el comprador de última instancia, por lo tanto, puede acelerar o retrasar el estallido a su antojo, y además, cuenta con el monopolio de  fabricar dinero fiduciario (sin respaldo en bienes tangibles como el oro), esto es, dispone de la capacidad para dar inicio a cuantos procesos inflacionarios tenga a bien para contrarrestar los resultados adversos del reventón de las burbujas precedentes.
           
            La “guerra fría” y su carrera armamentística constituyen el ejemplo más simple de cómo los Estados pueden adquirir bienes cada vez más costosos de manera casi ilimitada.
            El más actual le ofrecen los bancos centrales con sus políticas monetarias de “barra libre de liquidez” comprando los activos tóxicos y supertóxicos que les ofrecen las entidades financieras y las Haciendas Públicas.

            En cuanto a la sucesión de pinchazos de burbujas y aparición de otras nuevas que, primero esconden los efectos indeseados de las anteriores, y luego vuelven a estallar, basta con remitirnos a la historia contemporánea: crisis del petróleo en los años setenta del siglo pasado, efervescencia y caída financiera en Latinoamérica a principios de la década de los ochenta, que terminó con otra burbuja y su correspondiente derrumbe bursátil el 19 de octubre de 1987 en Wall Street; crisis financiera asiática en los noventa, burbuja y “crash” de las empresas "punto com" ya en el presente siglo, burbuja y “crash” inmobiliario previo al regreso de un nuevo "boom" financiero y su correlativo derrumbe, el recurrente de EE.UU. y el primero en la zona euro, aún por resolver.  

            Así, en tanto comprador de último recurso y con el poder de generar inflación sin solución de continuidad, el Estado caníbal se ha dotado de una política económica anticíclica capaz de producir una constante sensación de euforia en la psicología social del pueblo, que repudia, por entenderla superada, la idea de tener que convivir con la escasez.

             Que una economía pompa sea un artificio estatólatra contrario al bien común poco le importa a sus promotores mientras cree la ilusión de opulencia generalizada que tanto necesitan para medrar, pues con este inesperado apoyo de una política económica mágica la ley de hierro de las oligarquías de Michels es más de hierro que nunca.


* La ley de hierro de la oligarquía formulada por Robert Michels viene a decir que por muy democrático que sea un sistema político, siempre termina mandando una minoría defensora a ultranza de sus propios intereses a costa de la prosperidad de todos.


twitter: @elunicparaiso


     Aforismo de última hora: Europa no sufre una crisis económica, sólo padece de falta de burbujas.


viernes, 15 de marzo de 2013

El Quinto Poder


        
            Me ha llamado la atención el título de un libro del economista Daniel Lacalle: “Nosotros, los mercados”.
           
            Aplicar el pronombre personal de primera persona del plural a una entidad inanimada, espontánea y absolutamente neutral, según la definición que la teoría económica hace del mercado, bien puede recibir el nombre de antropomorfismo.

            Por qué se hace este sortilegio en virtud del cual a una institución sin administradores designados se le confiere  personalidad (“nosotros, los mercados”).

            A primera vista el motivo no puede ser otro que el deseo de otorgarle voluntad (decisión para hacer algo) y fuerza (capacidad de hacerlo), es decir, de interés propio.

            Por tanto, podríamos dejar sentada como primera conclusión que si al apolítico, por ciego e instrumental, mercado le dotamos de subjetividad lo que se persigue es transformarlo en sujeto político en tanto poseedor de una realidad y/o de una función pública que pretende ser singularizada y reconocida frente a cualquier otra.

            En este sentido, el significativo título que estamos analizando no puede ocultar que sólo es la primera parte de una oposición política (amigo-enemigo) que se quiere poner en evidencia: “nosotros, los mercados; vosotros el Estado”.

            La cuestión ahora sería dilucidar cuál es la función política propia de esa institución que ya no se conforma sólo con asignar de manera eficiente bienes y servicios utilizando la información que le proporcionan los precios, y que se presenta en sociedad como “nosotros, los mercados”.  
            ¿Ejecutar, legislar, juzgar?

           Legislar no, porque lo esencial está ya legislado y bastaría con cumplir el orden económico natural, esto es, respetar la propiedad y garantizar la libertad para que el funcionamiento automático de los mercados haga su trabajo.

          Examinar y sancionar mediante el temido, y tantas veces desobedecido, “juicio de los mercados” sería su destino político.   

          Un juicio diferente al reglado y contradictorio propio del Poder Judicial, por cuanto aquél se pretende semejante a alguna forma de las ordalías o “juicio de Dios”, donde las disputas se dirimen por medio de la lucha y donde el resultado de la misma obtenía el plácet de Dios. O lo que es igual, al vencedor de la batalla le hacía suyo la divinidad.  

         El “juicio de los mercados” vendría a ser una suerte de ordalías donde el  triunfo económico (el que gane más dinero en caso de empresas, y el que pague sus deudas por lo que respecta a los Gobiernos) obtiene la confianza del mercado que se manifiesta a través de un veredicto  favorable en forma de nuevos créditos.   

          Si en el procedimiento judicial propio de los Estados de Derecho el Juez resuelve después de escuchar las razones de las partes, en las ordalías la instancia decisora sacraliza, como autoridad suprema, un resultado previo.

          Así, en el  “juicio de Dios”, Dios acepta que el ganador sea su elegido; en el “juicio de los mercados”, el mercado acepta que la empresa cuyas acciones se revalorizan de manera constante y el Gobierno que obtenga y conserve la “triple A” cuenten con su  bendición.

          Nos quedaría por establecer lo más difícil, esto es, la eficacia política de esta algo más que opinión económica.

            Ya dejamos sentada como primera conclusión que la subjetividad que ese “nosotros” concede a los mercados no tiene otra misión que dotar a éstos de voluntad.
       Si a esto añadimos que la manifestación de su voluntad se realiza mediante la forma de ordalías, esto es, como sanción de una instancia superior, el “juicio de los mercados” busca convertir sus fallos en ejecutivos con la misma fuerza que una sentencia judicial. Es su destino en tanto voluntad mayestática: realizarse.

           Ahora bien, ¿pueden los Gobiernos hacer oídos sordos impunemente al “juicio de los mercados”  planteados como ordalías y rebajarlos a la condición de simples dictámenes no vinculantes?

         La mera posibilidad de que la respuesta pueda ser “no”, obliga a caracterizar a “nosotros, los mercados” como el Quinto Poder.

           Un Poder con rasgos esquizofrénicos, pues lo abanderan los economistas o los intelectuales que odian al Poder, aunque lo necesiten para garantizar el cumplimiento de sus solemnes veredictos. 

            Demente o no, titular un libro “nosotros, los mercados” es un intento, desconozco si consciente, de institucionalizar el “juicio de los mercados” como Quinto Poder, pasando por alto el problema de su articulación política.

             Por ello, quiero terminar echando mi cuarto a espadas proponiendo una forma histórico-política que le permitiría conllevar la cruz que supone ser un Poder que se quiere antipolítico: una liga de paraísos fiscales.    

twitter: @elunicparaiso

   
           Penúltimo "juicio de los mercados": en Italia "nosotros, los mercados" dictaron su veredicto antes y después de las últimas elecciones, pero nadie parece hacerles caso. Servidumbres de ser Quinto en la fila del Poder.