viernes, 2 de febrero de 2018

El fin está en el infinito


El escritor político italiano Carlo Gambescia es autor de un libro aún no traducido al español, "Passeggiare tra le rovine. Sociologia della decadenza", Edizione il Foglio, 2016", que constituye un tratado sociológico sobre una materia cara para la historia de las ideas: la decadencia. 

Aunque el texto también puede ser interpretado como un manual sobre el concepto de progreso en la generación "millennial". Veamos por qué. 

Gambescia reflexiona sobre la idea de decadencia desde el análisis del hecho irrebatible, incontestable de la caída de las civilizaciones.  

Por tanto, parte de la verdad (posible, parcial) en las ciencias sociales, esto es, la metapolítica, arte de descubrir las regularidades que ni la política puede modificar.

Así, en la metapolítica cabe el concepto de "egoísmos concurrentes" (Maquiavelo); la presencia en todo sistema político del jefe que decide (la soberanía de Bodino); la raíz de la representación política basada en el intercambio entre protección y obediencia (Hobbes); la inevitabilidad de una "clase política" (Mosca, Pareto y Michels)..., pero también el binomio progreso-decadencia (Sorokin). Ver Gambescia, "Metapolitica", Edizioni il Foglio, 2009.

Ahora bien, si la decadencia no necesita demostrar que es una constante de lo político por cuanto la caducidad de las cosas humanas caracteriza a todas las épocas, ¿por qué está mal vista?

Un ejemplo de la mala prensa del término decadencia es su sustitución por el término "crisis", que denota la idea de fracaso momentáneo previo a una inmediata superación. 
Gambescia demuestra que en la Modernidad el desprestigio de la decadencia era una consecuencia del rechazo de la Historia en aras de la idea de Progreso.

Aunque la decadencia es la versión sociológica del dolor, la metáfora política del ciclo vital: nacer, desarrollarse, envejecer y morir; para un progre aquélla idea es susceptible de encerrar connotaciones "fascistas" en tanto pone en cuestión la posibilidad real de un desarrollo sostenible ilimitado.

No obstante, el concepto de decadencia es impugnado hoy desde un punto de vista distinto al de los revolucionarios.  

El grupo hegemónico o dominante no reconoce el concepto de decadencia porque hacerlo les obligaría a asumir que "el rey está desnudo" y sin nada con lo que adornarse. 

Por eso el paradigma en vigor es la idea del presente donde no tiene cabida la decadencia, ni por tanto ha lugar al progreso. Es la Posmodernidad. La indiferencia o la asimilación de cualquier contrario. Lo malo también es bueno y lo feo, por supuesto es "chic".

La decadencia en la época donde sólo hay presente sería un producto literario, una ficción, una metanarración.  

La idea de decadencia hemos visto que lleva implícita la de superación. Pero ya somos insuperables.

Frente a la decadencia y el pesimismo cultural se alza la alegre impotencia.

Los conceptos de decadencia y progreso se han bloqueado mutuamente (no podemos ir hacia atrás, pero tampoco es necesario ir hacia delante) y sólo queda sitio para el presente.  

El fin de la historia del celebérrimo Fukuyama sería el epítome de la posmodernidad política: el Presentismo.

La Modernidad afrontó la decadencia como etapa inexorable hacia un mundo mejor.  
En la Posmodernidad que vivimos no hay decadencia porque el horizonte del hombre es un presente perpetuo.

El elemento definitorio de ambos periodos históricos respecto a la antigüedad sería que el fin está en el infinito, que el fin puede retrasarse infinitas veces, ora por el progreso ora por la congelación del presente.

Ahora bien, en la luminosa Modernidad el anhelo de un futuro mejor no podía evitar una mota negra. La reivindicación del mañana no permite alejar de una vez por todas el rastro del final, pues a la vuelta de la esquina del futuro siempre nos encontramos con la muerte.

Por eso sólo se puede eliminar de raíz la muerte periclitando la idea de futuro. Ahí encontramos la clave de bóveda de la Posmodernidad: el "no future" de los Sex Pistols.
El concepto de decadencia será descartado como factor explicativo de lo que ocurra en el s. XXI porque el fin ya no es una posibilidad real. Todo es un eterno presente.

Las consecuencias políticas del triunfo del presente frente a la decadencia y el progreso son monumentales: en sistemas políticos con competencia electoral el político que gana es el que ofrece ampliar el menú a coste cero para el consumidor que le vote, aunque el restaurante amenace ruina.

Es lo que la teoría de juegos denomina "el juego del gallina".*

Así, la esfera política se convierte en el Consejo de Administración de un aparato productivo y de distribución que se pretende inagotable, un artilugio que siempre proveerá, aunque sólo Google y sus hermanas tecnológicas sepan cómo y por cuánto tiempo.

Bajo este espíritu de la época ni decadente ni progresista, sino dominada por el eterno presente, la demagogia del "give me two, now", no es una elección sino la condición del éxito político.

¿Qué puede hacer cualquier Gobierno ante el callejón sin salida que le ofrece un tiempo sin futuro, un presente continuo, es decir, un constante "juego del gallina"?
¿Disputar la partida siendo cada vez más irresponsable o perderla de antemano diciendo, por ejemplo, que las pensiones contributivas no se pueden sostener?

Sin idea de decadencia no hay idea de responsabilidad, y sin ésta la política se convierte en la organización del espejismo más grande que el mundo jamás vio.

En realidad el "juego del gallina" se adapta como anillo al dedo a la generación "millennials" porque aquél no deja de ser un milenarismo, pues sólo caben dos alternativas: el paraíso ahora o la muerte, y si tiene que ser ésta, ¿a quién le importa lo que ocurra cuando todos estemos muertos? 

Carlo Gambescia con su libro sobre la decadencia ha escrito el epitafio del progreso y la epifanía del presente a lomos del "juego del gallina". 

Ha dado en el blanco: una flecha, tres dianas.      


* Juego del gallina: Comprenderán al instante a lo que me refiero si recuerdan a James Dean en “Rebelde sin causa” celebrar con otro joven una carrera de coches en dirección al vacío de un acantilado. El motivo de la disputa era acreditar quién era el más valiente, y el ganador resultaba ser quien frenaba más tarde, el último que se arrojaba del coche justo al límite del precipicio. El que tomaba antes la prudente decisión de parar era el perdedor, "el gallina”.


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lunes, 18 de diciembre de 2017

Del PCE al "procés": ochenta años, mismo "fake"


¿Cómo entender las risotadas de los diputados sediciosos catalanes en la meseta que culmina la escalinata del Parlament, si sabían que horas después el Gobierno aplicaría el artículo 155 de la Constitución que acordó, entre otras, la disolución de la Cámara autonómica?

La simple vesania del núcleo irradiador indepe no era una posibilidad a descartar "prima facie".

Sin embargo, un libro que sólo puede calificarse de acontecimiento, ha despejado las brumas.

Se trata de la edición del profesor Jerónimo Molina Cano de las memorias del "peceísta" (PCE) y anticomunista sin solución de continuidad, Francisco Félix Montiel (1908 Águilas-2005 Lima), "Los almendros de Urci. Memorias de una vida revuelta" (Editorial Renacimiento, 2017).  

Publicado hace escasas semanas, el libro está al nivel del celebérrimo de Arthur Koestler "El cero y el infinito", y quizás por eso sea perseguido y hasta criminalizado por la Komintern de cartón piedra podemita en coalición con los medios de propaganda amigos.

Da igual. 

Las memorias son el testimonio de un diputado socialista de la II República acerca de la traición de los prebostes comunistas y de la URSS de Stalin a la clase trabajadora y a los soldados que lucharon contra Franco.

Implacable, irrebatible.   

Sólo me detendré en el análisis de un hecho deliberadamente olvidado y que por sí solo sirve para desacreditar ante la Historia la supuesta heroicidad del PCE y de sus dirigentes como organización política.

Se trata del golpe del coronel Casado la noche del 5 al 6 de marzo de 1939, al que Montiel define como "golpe de Estado imposible" (pág. 260).

El espectáculo de historia ficción de marzo del 39 que el memorialista describe se resume en la paradójica y lastimera frase "hemos sido derrotados" de La Pasionaria, cuando el pronunciamiento de 
Casado desde el viejo Ministerio de Hacienda en la calle de Alcalá, no era más que "una isla sin defensa rodeada de cañones comunistas por todas partes" (página 294).

De las páginas donde Montiel desgrana con minuciosidad los entresijos del autogolpe comunista por la persona interpuesta del "tonto útil" de Casado, refulge una verdad colateral: el fatal desenlace para los indepes de su "procés" se inspira en la misma voluntad de perder del PCE del final de la guerra civil. 

Son los dirigentes catalanes sediciosos los que organizan su derrota, pero deben culpar del desastre a un tercero para seguir apareciendo como luchadores resistentes.

Durante el periodo que transcurre desde la caída del President Mas y su sustitución por Puigdemont con el visto bueno de las CUP el 10 de enero de 2016, hasta la provocación de las llamadas "leyes de desconexión" de 8 de septiembre de 2017 y el voto en el Parlament de la declaración unilateral de independencia (DUI) el 27 de octubre del mismo año, se desarrolla una estrategia perdedora que culmina en la liquidación del "procés" por la minúscula oposición de los dirigentes indepes a la aplicación del artículo 155 de la Carta Magna por el Gobierno de Rajoy, y su nula voluntad de imponer las leyes de la nueva República. 

Forcadell, la presidenta de la Cámara autonómica que consiente el golpe de fuerza a la legalidad española que supusieron las "leyes de desconexión", para inmediatamente después aceptar la disolución del Parlament por obra del 155 y repudiar la secesión ante el instructor del Tribunal Supremo para evitar la cárcel, es la representación más acabada (por perfecta y por amortizada) de una traición pura, sin máscara que pueda salvar un ápice de dignidad.  

Aunque la felonía al "procés" es idéntica en Puigdemont y en su vicepresidente Junqueras, aunque uno se disfrace de exiliado y el otro de preso político; igual en Junts pel Sí y en ERC, cuyos representantes en el Congreso de los Diputados declaran sin pudor que "no hay independencia porque no hay una mayoría de catalanes que la quiera" (Tardá, 14/11/2017), después de arrogarse durante años la representación toda del pueblo catalán. 

Y qué decir de las CUP, los auténticos muñidores de la creación de una estructura para la derrota, herederos naturales de los dirigentes del PCE de 1939, responsables intelectuales y colaboradores imprescindibles de la traición a su causa, pero libres de cualquier responsabilidad penal o política.
A este respecto hay que recordar que el primero que salió raudo a reconocer la derrota de Puigdemont fue el diputado de las CUP, Benet Salellas, que en menos de 48 horas desde la proclamación del 155, declara en un sanedrín de los suyos que "el Govern no está preparado para un escenario de unilateralidad y carece de estructuras de Estado propias" (29/10/2017).

La pregunta que nadie hizo al indepe es por qué entonces decidieron votar favorablemente la DUI dos días antes en el Parlament si sabían que era imposible ganar. Por qué negaron su apoyo a Puigdemont para que éste convocase unas elecciones autonómicas que habrían evitado la aplicación del 155 y el fin del Govern rebelde.

La respuesta es obvia: porque su objetivo real era el fracaso de la Generalitat. Y para conseguirlo trabajaron con denuedo hasta el último momento.


Una gran enseñanza de las memorias de Montiel es que la organización en la retaguardia del fin de la República, no fue fruto de un pacto entre los comunistas y Casado o los franquistas.

Es obvio que Franco puso de su parte en la derrota, pero el lamentable escenario de huidas apresuradas ("Los camaradas deciden que yo salga de España. Me resisto. Expongo mis razones. No sirven de nada mis argumentos. La dirección del partido ha decidido que marche, y debo marchar..." Dólores Ibarruri, pág. 290), y consiguiente abandono a los combatientes con una rendición sin honor a los lugartenientes de Franco, fue obra exclusiva de la burocracia comunista que necesitaba el triunfo total del Alzamiento para ocultar su entreguismo, su responsabilidad en el desenlace.

Viene esto a colación porque el cuento de que el desastroso final del "procés" para los indepes es fruto de un pacto entre éstos y Rajoy no es más que eso, un puro cuento.  

Ni siquiera hay un pacto entre las CUP y Puigdemont, pues los primeros no le han apoyado en su pretendido movimiento de resistencia al 155 desde Bruselas.

Las CUP y sus compañeros de viaje infiltrados en ERC o en Junts pel Sí, no pueden permitir una salida honrosa a la Generalitat, una solución pactada con el Gobierno español, pues entienden que eso sería reconocer ante los suyos que la independencia es una quimera ridícula.

Las CUP necesitan un 155 largo, que el Gobierno de la Generalitat esté dirigido desde Madrid cuanto más tiempo mejor. En eso se empeñaron desde la renuncia de Mas y el nombramiento de Puigdemont en 2016 hasta hoy.

Es la misma estrategia que empleó la dirigencia comunista en el 39 negándole al coronel Casado las fuerzas militares que habrían permitido intentar una rendición pactada con Franco. Si España no era comunista la mejor opción es que fuera franquista al cien por cien.

De la misma manera, las CUP y sus afines en otros partidos han decidido que puesto que no van a arriesgar su cómoda existencia combatiendo por la causa, lo mejor es que la Generalitat deje de existir para que nadie tenga dudas de que toda la culpa del fracaso indepe es obra exclusiva del totalitario Gobierno español.  

Por tanto, el supuesto pacto Rajoy-indepes del que hablan los teóricos de la conspiración falla por la misma base,  ¿pues qué pacto va a alcanzar Rajoy si nadie quiere negociar con él?, ¿si el objetivo sedicioso es el triunfo por goleada del Gobierno español? 

La no existencia de una lista única rebelde para las elecciones del 21 de diciembre demuestra que ni habrá resistencia común ni un interlocutor indepe aceptado por todos.


El libro de Francisco Félix Montiel nos permite entender también la salida al problema que ha encontrado Rajoy.

Como hemos dicho, los rebeldes estructuran su derrota, pero no encuentran a nadie en sus filas que haga de coronel Casado, que dé un autogolpe, que les proporcione una coartada para la rendición, porque Puigdemont se niega a ser el chivo expiatorio de los indepes al no convocar las elecciones autonómicas que le solicitaba Rajoy para negociar y evitar la aplicación del 155.

Ahí acaba la posibilidad de un apaño entre sediciosos y Rajoy, pues el Gobierno de la Nación no tiene más remedio que disolver el Parlament y cesar a los consejeros autonómicos ante la evidencia de que ningún indepe colaborará para reconducir el conflicto. Ni siquiera el ex-consejero de Puigdemont, Santi Vila.  

Es decir, Rajoy no tiene más alternativa que reprimir de forma directa, vía 155, a los rebelados, pero con ello se queda sin interlocutores con los que pactar una rendición honrosa.

Es la situación soñada por los indepes que ya tienen su Casado..., y también su Franco, pues el golpe del coronel Casado sólo fue una excusa, un simple pretexto instrumental para que la victoria del Alzamiento fuese absoluta.

La cuestión es que Rajoy intuye que quieren hacerle pasar por el Franco del siglo XXI, el "tonto útil" de la estrategia perdedora indepe, y se niega.

No quiere ganar como el Generalísimo, pues sabe que la superioridad moral que todo derrotado enarbola siempre sería una baza en su contra que el enemigo no dejará de utilizar.

Huye, pues, de una victoria por aplastamiento que en realidad es un regalo envenenado.  

Y para escapar de la celada convoca elecciones autonómicas, en contra de los intereses de los sediciosos, con la finalidad de tener un interlocutor en la Generalitat para negociar un acuerdo que despeje cualquier duda de autoritarismo en el Gobierno de España, pues incluso para firmar la paz es necesaria la presencia del vencido.

Su problema es que no sabe quién será la otra parte, incluso si tendrá alguien en el otro lado de la mesa; lo que vuelve a desmentir la posibilidad de que lo ocurrido hasta ahora (DUI indepe y 155 del Gobierno) sea consecuencia de un pacto entre sediciosos y Rajoy para salvarse mutuamente el honor.


De lo que no hay lugar a dudas es que "Los almendros de Urci", las memorias de Montiel, suponen un hito en la bibliografía anticomunista mundial y una obra imprescindible para entender, entre otras cosas, el plan derrotista, la voluntad de perder del independentismo en Cataluña.     

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lunes, 20 de noviembre de 2017

Gran Coalición Rajoy-Puigdemont



¿Cómo es posible que el portavoz del Gobierno, señor Méndez de Vigo, dijese el 28 del pasado mes de octubre en una entrevista, que el Ejecutivo vería "con agrado" que el depuesto y fugado Puigdemont se presentase a las elecciones autonómicas catalanas del 21 de diciembre?, se vienen preguntado sin encontrar respuesta los mejores cuerpos de la élite intelectual, desde el legislador Girauta a la analista Álvarez de Toledo, pasando por el conjunto del gremio tertuliano.  

¿Cortesía?, ¿sarcasmo?, ¿en esto de la política los locos se hayan hecho ya con los mandos?

Sea como fuere, vamos a intentar probar que la razón todavía dirige los destinos del país, aunque sea a duras penas. 

Para ello es necesario que traigamos una breve frase de Aron, aunque un poco del sabio francés es muchísimo.

Decía así: "salvar a un enemigo cuando no se está seguro del aliado ha sido siempre muestra de una honorable sabiduría maquiaveliana".

Raymond Aron, amigo de Alemania por encima de las vicisitudes políticas, escribió la anterior sentencia en un volumen de 1951 titulado "Les guerres en chaîne".  (Ver página 397 de sus "Memorias", RBA).

La máxima de experiencia, casi perdida en un libro de más de mil páginas, venía al caso por concurrir dos situaciones posbélicas contradictoriamente diabólicas: la voluntad de los aliados de destruir Alemania una vez derrotada, y las consecuencias para Europa de la alianza con la URSS luego de finalizada la guerra.    

Aron pudo llegar a ver la ratificación de su máxima, pues Europa tuvo que salvar a su eterno enemigo (Alemania) para, entre otras cosas, sobrevivir a su reciente aliado (la URSS).

¿Alguien duda hoy que Europa acertó en los años 40 del siglo pasado salvando a la Alemania postrada y no aceptando el "abrazo del oso" soviético?

¿La Historia no ha demostrado que socorriendo a su vecino alemán, Europa se ayudó a sí misma?

Pues bien, la sabiduría concentrada en el apotegma de Aron explica por sí sola que Rajoy quiera en la Generalitat a su enemigo Puigdemont por la simple razón de que no se fía de su aliado Pedro Sánchez. 

Sánchez en Cataluña es Iceta (PSC), Iceta es el referéndum por la independencia, y el referéndum por la independencia exige, como primer paso, liquidar a Rajoy y lo que queda del PP para colocar a Pedro Sánchez en la Moncloa.

O lo que es igual, pero al revés, sin Pedro Sánchez en la Moncloa no habrá ni siquiera posibilidad teórica de un plebiscito, y sin plebiscito (o algo similar) no se repetirá un tripartito en Cataluña.

Rajoy quizás sea escéptico respecto a que Sánchez cuente con el respaldo de su partido para convocar el referendo que pueda prometer a sus socios catalanes. 

Sin embargo, no tiene dudas de que un Govern de Podemos, Iceta y ERC sólo es posible previo pacto de otra moción de censura signada por el PSOE en el Congreso de los Diputados, que abra la puerta del Gobierno de España a Pedro Sánchez, si no para celebrar el referéndum, al menos para satisfacer las venganzas pendientes contra Rajoy.   

Sea por h, sea por b, el PP sabe que no puede contar a partir del 22 de diciembre con el que ha sido su aliado contra el enemigo indepe, esto es, el PSC-PSOE. 

Lo que inexorablemente significa que tiene que salvar a Puigdemont para librarse de su hasta ahora amigo Sánchez, pues siempre será preferible tener como interlocutor a un enemigo moribundo, sometido a la amenaza cierta del presidio y de la reinstauración del 155; que soportar a un aliado exigente cuyo objetivo último es liquidarte.

¿No puede ser la señora Arrimadas la nueva Honorable? -se preguntarán-. 

La magnífica Inés puede ser lo que quiera, pero es muy pequeña la posibilidad de un bloque constitucionalista porque en las presentes circunstancias no tendría apoyos suficientes, dado que esa coalición exigiría la mezcla imposible del aceite de Podemos y el agua de Ciudadanos. 

Por tanto, las dos únicas alternativas con posibilidad de gobernar son los independentistas puros, pero políticamente neutralizados (Puigdemont y las CUP), y un tripartito malavenido entre la rama catalana de Podemos, PSC (con los restos de Unió) y ERC, cuyo pegamento sería la muerte política de Rajoy y del PP. 

Y ante esa disyuntiva, la opción menos mala para el Presidente del Gobierno ya no es un tripartito independentista vergonzante, que presumiría de haber aislado a los radicales pirómanos de Puigdemont, Fachin y las CUP, pero que estaría dispuesto a convocar una consulta por la independencia y pasar por la quilla a Rajoy; sino un Govern netamente sedicioso atado de pies y manos, esto es, un Gobierno Puigdemont.

¿Quién le iba a decir al exiliado en Bruselas que su chifladura le iba a convertir en el mejor aliado de Rajoy?

Pues Raymond Aron, si le hubiera leído.

No debe mesarse el ex President su asombrosa cabellera en señal de disgusto por no haberlo hecho. Grandes de la patria como el hacedor de leyes Girauta y la fina opinadora Álvarez de Toledo tampoco lo hicieron.

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viernes, 17 de noviembre de 2017

Pedro Sánchez y su chivo expiatorio


        La teoría mimética, obra del inclasificable René Girard (Aviñón 1923-Stanford 2015), nos sirve para entender el modo de relación entre los partidos políticos españoles derivado del sistema electoral proporcional.
 
        El más depurado representante del mimetismo es el actual Secretario General del PSOE.
        Su estrategia consiste en simpatizar con cualquier segmento político (de centro, nacionalista o de izquierdas), que a cada momento le convenga hasta confundirse con él..., excepto con uno, que cumple la función de chivo expiatorio.

        A luz de la mímesis, el supuestamente moderno Sánchez aparece como un arquetipo precristiano, un seguidor del pensamiento arcaico, en tanto aspirante a ver cumplido su deseo de gobernar una sociedad infeliz por el drástico método de sacrificar a un único culpable. 

        Además, en toda situación donde muchos sujetos deseosos de alcanzar el Poder luchan en competencia por la posesión del objeto anhelado, la solución más fácil al problema del "todos contra todos" siempre ha sido el "todos contra uno".  

        Ésta es la idea que subyace en los eslóganes "cordón sanitario" contra el PP, o el intento de Sánchez de contar  con los apoyos de Podemos (de C´s y de los nacionalistas también) para "echar a Rajoy de la Moncloa".

        El Partido Popular y su Presidente son el chivo expiatorio con el que se pretende eliminar la "crisis mimética" que surge en la sociedad civil con la crisis económica, y en la sociedad política con la batalla por la conquista del voto de izquierdas entre Podemos y el PSOE, pues al desear lo mismo están obligados a luchar entre sí y a imitarse mutuamente con el fin de conseguir lo que el otro tiene (bienes, reconocimiento o votos) en una guerra sin cuartel. 

        Como recalca el profesor Domingo González Hernández ("René Girard, maestro cristiano de la sospecha", Colección Persona, nº 56), no hay deseo sin imitación ni imitación sin deseo.

        De esa "crisis mimética" resultado del enfrentamiento  por las mismas cosas (el Poder en un caso, el ascenso social o el prestigio siempre), la fórmula elegida por Sánchez para salir del atolladero consiste en la elección de un chivo expiatorio que concentra la responsabilidad del Mal, y que por supuesto es externo a la relación conflictiva entre todo el espectro de la izquierda (desde el centro izquierda a la extrema izquierda). 

        Poco importa que sea irracional focalizar en un único culpable las causas del malestar social que pervive después de que haya terminado la "crisis mimética", pues lo cierto es que Rajoy o el PP ya no son vistos como entidades físicas o jurídicas que producen acciones susceptibles de ser valoradas, sino que representan un mito útil en la causa por la superación del conflicto entre los partidos de la oposición en su lucha por el Poder y la crisis económica que amenaza inestabilidad.  

       
        Así, la figura del chivo expiatorio culmina con la conversión del teórico culpable en víctima y con el encubrimiento del crimen.

        Cuando hablo de víctima no se trata aquí de defender a Rajoy de las sospechas bien fundadas de ser el dirigente de un partido corrupto, entre otras cosas porque el mismo procedimiento de creación de una víctima propiciatoria es utilizado por la derecha cuando la izquierda está en el Poder ("¡váyase señor González!").
        Sólo se trata de demostrar que la construcción del chivo expiatorio cristaliza todas las imágenes de odio y rencor que el electorado pueda imaginar con el fin cierto no de mejorar la gestión del país, sino para galvanizar un problema entre partidos y relajar las tensiones de un momento histórico que amenaza quiebra.

        El presunto autor de varios delitos o el supuesto mal gobernante es utilizado como chivo expiatorio, y desde entonces se convierte en víctima que debe ser sacrificada en aras de la estabilidad de una situación política, aunque las causas reales que han provocado la crisis del país sigan intactas con el sacrificio del designado como culpable.

        Por eso, la transformación del chivo expiatorio en víctima debe ocultarse para que aquél cumpla con eficacia su papel de bálsamo de la "crisis mimética", pues si los verdugos saliesen a la luz quedaría descubierta la mentira que todo chivo expiatorio representa, esto es, la de ser el único responsable del conflicto. 

        Por ello son imprescindibles las ideologías y los medios de comunicación que las difunden, encargados de crear lo que René Girard llama la "causalidad diabólica": arbitrariedad y necesidad.
        La arbitraria ideología racionaliza la necesidad del designado como chivo expiatorio. Es la posverdad.

        ¿Pero cómo se puede prescindir de la víctima propiciatoria?

        Del mito arcaico que encierra el chivo expiatorio se salió gracias a la Revelación cristiana: Jesús revela la inocencia de la víctima.

        En política la Revelación coincide con el surgimiento del líder que toma partido por las víctimas y contra la multitud, siempre deseosa del chivo expiatorio que le salve.
        Es lo que en términos contemporáneos llamaríamos "hombre de Estado" o patriota.
        El hombre de Estado niega al político de partido que se agota en un activismo que necesita a la víctima propiciatoria como único paliativo al conflicto social.

        El rechazo del patriota a la "causalidad mágica", a la posverdad, le permite conocer la naturaleza de las cosas, devolviendo a los ciudadanos a los que dirige el sentido de la realidad, que exige como primera condición la responsabilidad de cada uno.  

        Al hombre de Estado se le reconoce porque en la plaza pública grita: "¡el que esté libre de culpa que tire la primera piedra!".
        Y él no la tira.
        De esta forma evita designar a la víctima y provocar la imitación de sus seguidores. Es decir, neutraliza la resolución fraudulenta de una "crisis mimética".

        Hemos empezado por Pedro Sánchez y debemos terminar con él.

        ¿Por qué desaprovechó la oportunidad de continuar convirtiendo a Rajoy en el chivo expiatorio tirando contra él la primera piedra? ¿Por qué escapó a la espiral de crear una víctima propiciatoria para explicar el fracaso catalán, cuando no deja de utilizarla en toda España desde su puesto de Secretario General? ¿Se ha convertido en un patriota, en un hombre de Estado?

        Caben varias interpretaciones.

        Una de ellas es que ha surgido un segundo chivo expiatorio, Puigdemont, que niega al elegido por Sánchez.

        Otra reside en que, después de oír las críticas de Guerra y González a su inconsistencia política en Cataluña, quizás tema convertirse él mismo en el chivo expiatorio de la inacabada guerra civil de su partido.

        La más probable es que haya intuido que el caso catalán ha liquidado a Podemos como rival, y ha salvado a la que parecía moribunda situación política resultante de la Transición, que ahora amenaza con prorrogarse otros cuarenta años, lo que convierte en innecesario a un chivo expiatorio que ayude a la estabilidad política del país.

        Quizás Rajoy le ha ofrecido la vicepresidencia de una Gran Coalición a la que inevitablemente se dirige el país.

        Seguramente un poco de todo hay en el táctico  cambio de Sánchez.

        Desde luego no considero que un meditado intento por convertirse en hombre de Estado haya jugado ningún papel. 


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domingo, 22 de octubre de 2017

Partisanismo de Estado.


Habiendo proclamado por lo bajines el "honorable", o no, la declaración unilateral de independencia (DUI), y solicitado el Gobierno al Senado que apruebe la destitución de todo el Consejo de Gobierno catalán en aplicación del artículo 155 de la Constitución, lo esencial no ha cambiado: ¿cómo hacer que hasta el último ciudadano observe la ley?

El problema nunca reside en la promulgación de las normas, sino en la voluntad de cumplirlas por parte de los que están obligados a respetarlas.

En Cataluña su Parlament realizó en septiembre de 2012 una declaración de hostilidad a España y sus leyes que puso en evidencia su intención sediciosa. 

Lo importante no es la declaración de independencia, sino la declaración de hostilidad, puesto que con DUI o sin ella, hay unos dirigentes locales que acaudillan a una masa que se niega a respetar las leyes españolas.

Por tanto, proclamando el 155 o no haciéndolo, la cuestión sigue siendo cómo lograr que esas normas se apliquen al que se ha declarado en rebeldía.

Ahora bien, el dilema de cómo ejecutar las leyes se ha trasladado desde el 1 de octubre del presente al tejado "indepe", pues tres semanas después del plebiscito fallido que dicen que ganaron, la posibilidad de que implanten sus llamadas "leyes de desconexión" es pura quimera ante la negativa del Estado a consentirlo.

Referendo ganado, autonomía perdida, sería el resumen de los logros "indepes". La paradoja, siempre atenta a la verdad.


¿Acaso somos videntes? Por supuesto que no.

Pero era sencillo deducir que los sediciosos no podrían pasar del "partisanismo" (cortocircuitar la acción del Gobierno central en beneficio propio parasitando los recursos públicos) al Estado catalán.

La labor de destrucción o de zapa que han llevado a cabo desde los años 80 del siglo pasado fue sencilla. Cualquier inepto es capaz de demoler en pocas horas lo que costó hacer cientos de años. Sólo hay que ver lo que tardan los terroristas de Daesh en destruir preciados monumentos forjados durante siglos. Con éste ejemplo es fácil comprender lo que en más de treinta años han liquidado los "indepes". 

Pero construir...    

Los independentistas catalanes no pueden pasar de la irregularidad a la legalidad de su anhelado Estado porque ni pueden ni saben.

Ni tienen medios (dinero, sistema judicial, fuerza) ni conocen cómo alcanzarlos.

Para el Gobierno es enormemente sencillo neutralizarles, pues le basta con boicotear cualquier iniciativa que acometan.

Es suficiente con hacer lo que los "indepes" llevan realizando hace décadas: poner palos en las ruedas, dificultar su normal funcionamiento.

En realidad es lo único que ha hecho el Estado desde hace unas semanas con tanta eficacia, esto es, facilitar salida de empresas, frenar la llegada de dinero, mandar policías y guardias civiles a Cataluña...

El éxito se debe, sin duda, a que son acciones fácil de ejecutar al consistir en mera obstrucción.

"Partisanismo de Estado", hay que llamarlo.

Pero tienen al pueblo -me dirán ustedes-.

El pueblo "indepe" quizás sea virtuoso, no es este el momento de discutirlo.
Pero lo que no conseguirá la multitud, por millonaria que sea, es dotar de virtud a Puigdemont o Junqueras. Ni tampoco crear una Hacienda propia o imponer sus leyes a quienes no quieran cumplirlas. La multitud "indepe" es tan impotente como Puigdemont destituido.

Poco más hay que decir de la ruina de la Generalitat golpista.

Ahora bien, el problema sigue siendo cómo imponer la ley española.

Para volver por enésima vez a la cuestión tenemos que traer otra paradoja.

Gracias a que los "indepes" han renunciado en un acto suicida a las inmunidades, a las gracias y exenciones que todos los Gobiernos españoles otorgaron durante décadas a la Generalitat para que hiciera con la Constitución lo que le pluguiese, ahora el Estado no tendrá más remedio que hacer cumplir escrupulosamente la ley española simplemente para que no se imponga la de los "indepes".

Sólo imponiendo las suyas el Estado puede evitar que se apliquen las "leyes de desconexión". De ahí el 155 y lo que vendrá. 

En pocas palabras, lo que jamás se hubiera logrado mediante el acuerdo entre los partidos mayoritarios, es decir, que la ley impere en todos los territorios de España, lo logra Puigdemont.

Lo que es imposible alcanzar mediante el compromiso político entre PP y PSOE lo consigue el enemigo.

Sólo desde este punto de vista cabe entender las palabras de la vicepresidenta del Gobierno cuando manifestó que "nadie ha tenido tan fácil evitar que se aplique la Constitución", refiriéndose al ex Presidente de la Generalitat. 

Es el veneno convertido en fármaco, que dejó escrito el ilustre Carlo Gambescia en su "Liberalismo triste" (Ed. Encuentro, 2015). 

Por último, conviene recordar que el hostil nos enerva, pero también agudiza nuestra potencia.

Es esta inevitable fortaleza ("a la fuerza ahorcan") la que dio pie a la reforma del Tribunal Constitucional de 2015 a raíz del plebiscito por la independencia de Cataluña el 9 de noviembre de 2014, que garantiza que las leyes en toda España se cumplan sin necesidad de encarcelar o emplear la violencia física contra los rebeldes, por más que éstos sean miles o decenas de miles.

La ley española, con 155 o sin 155, se hará cumplir a los sediciosos porque el Estado, además de disponer de todos los medios de los que los "indepes" carecen, cuenta con el defensor de la Constitución: un Tribunal Constitucional con potestad para imponer sus propias resoluciones.

Lo único que cabría añadir es que los medios de comunicación deberían informar a los ciudadanos catalanes en general, y a los funcionarios en particular, que no crean las bravuconadas de los políticos destituidos, los cuales jamás pensaron que alguna dificultad se interpondría en su camino por la pedestre razón de que nunca edificaron nada.    

La multitud podrá salir a la calle, pero cuando los rebeldes reciban en sus domicilios las notificaciones de multas e inhabilitaciones se encontrarán solos frente al Estado que se encargará de forma minuciosa de arruinarles.

Sin prisión, sin violencia.

Bastará un expediente para cada uno.

Es la biopolítica que ya nos contaron Agamben y Foucault y que de forma masiva tendremos la oportunidad de contemplar a partir del próximo viernes.

Lejos de lo que piensa el incapaz Pablo Iglesias sobre el fin del sistema político de la Transición, Puigdemont y su "gent" han concedido al que parecía moribundo régimen la tabla de salvación. 

Ese será el triunfo histórico del registrador Rajoy.


Nota para "indepes" nostálgicos: 

Cataluña ya no será Gibraltar.
La roca pirata vive bajo la protección del Reino Unido, pero lo cierto, el secreto bien guardado del Peñón no es otro que los "llanitos" hacen lo que les da la gana.
Unas pocas semanas conviviendo con ellos podrá convencer al que dude de lo que digo. 
¿Dónde reside el enigma de su libertad? 
Simplemente, que no se oponen a las leyes de Su Majestad. Les alcanza con ignorarlas. 
Es la diferencia entre imponer tus normas y no cumplir las de otro que te ampara.
Esa es la diferencia que hay entre Cataluña y Gibraltar. 
Sí. Cataluña fue Gibraltar durante algún tiempo. 
Ahora sólo les quedará el consuelo de formar parte de los restos de la España Imperial.  
Puigdemont, luego de salir de la cárcel, debiera ser distinguido con la Orden de Isabel la Católica, en grado de Medalla de Hojalata.

domingo, 8 de octubre de 2017

Cat "indepe": un caso de suicidio asistido


Algunos lectores me preguntan si el problema catalán es un ejemplo de uno de los supuestos de la teoría de la acción colectiva: el "juego del gallina", hasta hace bien poco el pariente pobre de la familia ("nadie ha utilizado el "juego del gallina" para analizar una situación política" -me dijo hace años el profesor Miguel Anxo Bastos-, gran conocedor de la teoría de juegos).

Pues bien, es evidente que sí.

Y para justificar mi afirmación es inevitable que cite alguno de los artículos de este blog, dedicado al análisis de las que considero las dos claves con las que interpretar la política contemporánea: el Estado Caníbal y el "juego del gallina". *

En un artículo de abril de 2012 caracterice la política de las entidades regionales en su trato con el Gobierno central como una partida ininterrumpida del diabólico juego.
En pocas palabras, se trata una carrera entre dos vehículos donde la meta es un acantilado, en la que el ganador es quien se detiene más tarde y el perdedor el que primero se retire.
En el "juego del gallina" los actores parten de la premisa de que no tienen miedo al abismo. Es más, prefieren morir cayendo al barranco antes que ser derrotados, pues se considera más honroso perder la vida en la defensa de los objetivos que salvarla a costa de traicionarlos.
El que decide participar en este juego siempre gana: lo hace cuando logra lo que pretendía; pero también gana cuando pierde, pues cree morir como un héroe.  

En el referido post de 2012 pronosticaba lo inevitable, esto es, que llegaría un momento en que una Comunidad Autónoma plantearía la independencia sí o sí (secesión o muerte).

El actual órdago "indepe" es la partida definitiva del "juego del gallina" que vienen practicando los nacionalistas periféricos desde hace décadas.

Ahora bien, hace cinco años expuse que el Gobierno sólo tendría la opción de impedir el juego o permitir su continuación, con el riesgo en éste último caso de que todo acabe en el despeñadero.  

Sin embargo, he de decir que el Gobierno de Rajoy ha dado una vuelta de tuerca inesperada al juego y ha encontrado una fórmula inédita para contrarrestarle: el suicidio asistido.

El Gobierno asiste al suicida

Por extraño que nos parezca, la muerte se ha convertido en un bien a proteger.
Véase la eutanasia y el suicidio asistido.

La secesión de un país no deja de ser un ejemplo de "buena muerte" para los defensores del hasta ahora desconocido "derecho a decidir" cualquier cosa. En el caso que nos ocupa, la muerte de una nación. 

No obstante, la eutanasia y el suicidio asistido suponen dos relaciones jurídicas con posiciones subjetivas radicalmente distintas.

Dejemos la eutanasia para otro día, y centrémonos en analizar si puede aplicarse el concepto jurídico de suicidio asistido para interpretar la forma en que el Gobierno está tratando la sedición planteada mediante el "juego del gallina". 

En el suicidio asistido es el propio sujeto que busca la muerte quien se la provoca a sí mismo, pero con la ayuda de otro que le proporciona los medios que necesita.    

Bajo esta hipótesis no existen "derechos" de uno y "deberes" de un tercero, sino "privilegio" o "libertad" de morir de uno (secesión) y "no derecho" de impedirlo por parte de nadie (ni siquiera el Estado).

Este supuesto es obvio que no puede estar previsto en la Carta Magna, pues un texto jurídico no puede regular un "no derecho" ni tampoco la libertad de hacer lo que no está prohibido (suicidarse, morir).

Desde hace cuarenta años determinados grupos dirigentes de algunas regiones del país se consideraron con el privilegio de separarse como posibilidad política. 
Esta libertad o privilegio siempre fue considerada por los distintos Gobiernos de turno, no un derecho político sino un "deseo" de suicidarse.
Se pensó que no tenían "derecho" a separarse pero sí "libertad" de suicidarse. 

Esta es la clave que explica lo ocurrido hasta ahora y la táctica del Gobierno Rajoy para tratar el problema en el momento en que escribo.

Cuando los "indepes" plantean su "derecho a decidir" mediante el "juego del gallina" ("o me lo das o me mato") no lo hacen exigiendo un derecho "político" que saben que no tienen (asumen que el referéndum fue ilegal), sino como la reivindicación de un supuesto derecho "moral".

Lo novedoso de la circunstancia es que el Gobierno cuadra el círculo: reconoce a los "indepes" la libertad de suicidarse y les proporciona los medios para que su iniciativa tenga éxito despeñándose de una vez por todas. Es el suicidio asistido. 

De esta manera logra evitar el conflicto por el sencillo procedimiento de hacer que se cumplan sus deseos, esto es, morir.  

Sólo desde este punto de vista cabe interpretar todos los movimientos del Gobierno desde que la Comunidad Autónoma de Cataluña decidió suicidarse: intervención del presupuesto autonómico y embargo de cuentas, facilitar la salida de Cataluña de toda la estructura empresarial, "muerte civil" mediante inhabilitación y multas para los dirigentes y funcionarios "indepes", aislamiento internacional, imposibilidad de financiar deuda.

En suma, el Gobierno no ha impedido al coche suicida que lleva "jugando al gallina" desde hace décadas que siga haciéndolo. No ha considerado útil aplicar hasta ahora los artículos de legítima defensa (155 y 116) que le otorga la Constitución para neutralizar el "juego del gallina", sino que ha puesto todos los medios para que el suicidio se consume. 

Y lo hace reservándose todos las herramientas para proteger a los que no se quieren suicidar, por ejemplo, trasladando a Cataluña a Policía Nacional y Guardia Civil, facilitando una "pasarela" para que los "mossos" que quieran puedan incorporarse a aquéllos cuerpos, garantizando las nóminas de los funcionarios leales y la financiación de los servicios públicos. 

Ignoro si Rajoy y su Gobierno son conscientes de lo que hacen, pero el tratamiento del problema de la sedición vía "juego del gallina" como un supuesto de suicidio asistido, supone un evidente hito teórico y práctico que coloca el temible juego en un marco de resolución completamente insospechado.   


* Juego del gallina: Comprenderán al instante a lo que me refiero si recuerdan a James Dean en “Rebelde sin causa” celebrar con otro joven una carrera de coches en dirección al vacío de un acantilado. El motivo de la disputa era acreditar quién era el más valiente, y el ganador resultaba ser quien frenaba más tarde, el último que se arrojaba del coche justo al límite del precipicio. El que tomaba antes la prudente decisión de parar era el perdedor, "el gallina”..., salvo que el vencedor se despeñase al abismo.



CODA NEGOCIADORA: 
Aunque los dialogantes merecen artículo aparte, sólo un breve recuerdo para ellos. 
Negociar con el suicida significa continuar participando en nuevas partidas del "juego del gallina".
Conviene recordar que éste sencillo juego es el que nos ha llevado hasta aquí.
Por tanto, el diálogo con el rebelde ya no sería "suicidio asistido" sino suicido compartido, suicidio al cuadrado, multisuicidio. 



twitter: @elunicparaiso